Las gráficas de nueva generación de AMD y NVIDIA, especialmente las RTX 50, están mostrando un problema inesperado: la interfaz PCIe 5.0 con estándar CEM 5.1 no siempre garantiza estabilidad. El origen no está en las GPU, sino en las tolerancias tan amplias que dejó el PCI-SIG, el consorcio responsable de definir estas especificaciones.

En la práctica, esto significa que dos tarjetas “correctas” según la norma pueden comportarse de forma radicalmente distinta. Una funciona de maravilla incluso con un riser, mientras que otra idéntica en teoría puede provocar reinicios, pantallas negras o errores de driver. Todo por diferencias mínimas en los contactos del PCB que, a 32 GT/s, marcan la diferencia entre un enlace estable y un desastre técnico.
El déjà vu del 12VHPWR
Si este caso te suena, no es casualidad: lo mismo ocurrió con el conector 12VHPWR, cuyo diseño permisivo provocó fallos en tarjetas de gama alta. Ahora, la historia se repite con PCIe 5.0. La llamada mating interface del CEM 5.1 permite separaciones en los pines dentro de un rango demasiado amplio: valores pequeños generan más diafonía y ruido eléctrico, lo que desencadena caídas de rendimiento y fallos visuales.
La diferencia está en décimas de milímetro


Según pruebas reveladas por Igor’s Lab, una separación de 0,503 mm entre pines mantiene el ruido bajo control, mientras que con 0,358 mm el acoplamiento se dispara un 40% más, añadiendo cerca de 3 dB extra de diafonía. En frecuencias de hasta 16 GHz, esa diferencia basta para convertir una sesión de juego en un festival de errores y pantallas negras.
Curiosamente, ensanchar los pines no soluciona nada: la calidad del contacto depende de la fuerza del resorte y del acabado en oro, no del grosor del finger. La clave está en la precisión del gap.
Una solución que pasa por endurecer las normas
El propio estándar permite una separación de 0,35 a 0,45 mm, lo que ya introduce variaciones eléctricas del +14% al –11%. Esto explica por qué un mismo lote de gráficas puede dar problemas en unas placas base y en otras no.
La buena noticia es que la industria ya tiene cómo solucionarlo. Técnicas de fabricación más precisas, como el laser direct imaging o la deposición galvánica controlada, permitirían reducir la tolerancia a ±0,025 mm, algo que ASUS, MSI o Gigabyte pueden aplicar sin mayor problema. ¿El coste extra? Apenas unos dólares por tarjeta, mucho menos que los gastos de RMA o el daño de reputación que suponen las quejas de los usuarios.
El riesgo sigue en manos del usuario

Mientras el PCI-SIG no ajuste sus especificaciones, el escenario será el mismo: jugadores pagando hardware de gama alta que puede fallar por un detalle microscópico. Para quienes esperan rendimiento sólido en sus nuevas RTX 50 o RX 9000, la única salida inmediata es forzar la gráfica a PCIe 4.0 desde la BIOS, un parche que evita errores… pero que también resta parte del potencial del hardware.
La conclusión es clara: el futuro de las GPU depende tanto de la potencia como de la precisión. Y si queremos evitar más historias de conectores polémicos, toca que el estándar PCIe se ponga serio.