Microsoft acaba de implementar una característica prometedora en Windows 11 que, sobre el papel, debería revolucionar la experiencia con el explorador de archivos. Sin embargo, las primeras pruebas revelan una realidad bastante diferente: la precarga consume el doble de memoria RAM y apenas ofrece ventajas perceptibles en condiciones normales de uso.
La nueva funcionalidad ya está disponible en la versión Preview del sistema operativo, y su propósito es claro: anticiparse a las acciones del usuario manteniendo componentes del explorador listos en segundo plano. Pero esta estrategia tiene un costo medible. Mientras que el explorador tradicional ocupa aproximadamente 35 MB de memoria, activar la precarga eleva esta cifra hasta 67,4 MB, prácticamente duplicando el consumo de recursos.
¿Vale la pena este intercambio? Las mediciones realizadas por Windows Latest muestran resultados contradictorios. En condiciones de reposo, cuando el sistema no está sometido a carga intensiva, la diferencia es apenas perceptible a simple vista. Reproduciendo las grabaciones a velocidad normal, notarás que el explorador con precarga se vuelve operativo entre medio segundo y un segundo antes que sin ella. Números que, francamente, no justifican el sacrificio de memoria para la mayoría de usuarios.
Las pruebas detalladas a velocidad 0,25x revelan datos más precisos: con precarga activada, el explorador se abre en el segundo 2 y completa la carga de archivos en el segundo 5-6. Sin precarga, estos tiempos se extienden a los segundos 4 y 8 respectivamente. Estamos hablando de diferencias que rondan los 2-3 segundos en el mundo real, algo que difícilmente transformará tu productividad diaria.
El escenario cambia radicalmente cuando el sistema trabaja bajo presión. Con la CPU al 80%, la memoria al 90% y el disco al 100% de utilización, la precarga demuestra su verdadero potencial. Aquí, la diferencia entre cargar el explorador en 6 segundos frente a 2 segundos se vuelve tangible y apreciable. Si tu flujo de trabajo implica gestionar archivos constantemente mientras ejecutas aplicaciones pesadas, esta función podría marcar una diferencia notable.
No obstante, existe una limitación importante que Microsoft no ha resuelto: la precarga únicamente acelera el inicio del explorador. Una vez que lo tienes abierto y navegas entre carpetas, el rendimiento es idéntico con o sin la función activada. Es una mejora puntual, no sistémica.
Para quienes buscan optimizar realmente Windows 11, desactivar transparencias y animaciones visuales puede ofrecer beneficios similares sin el coste adicional en RAM. Y si queremos ser brutalmente honestos, ninguna de estas optimizaciones logra igualar la velocidad instantánea con la que Windows 10 abre su explorador de archivos. El sistema operativo anterior sigue siendo el referente en términos de eficiencia pura.
La migración forzosa a Windows 11 tras el fin del soporte de Windows 10 el 14 de octubre de 2025 dejó a muchos usuarios en una encrucijada. Algunos optaron por pagar las ESU para mantener Windows 10 seguro, otros se pasaron a Linux, y muchos simplemente aceptaron Windows 11 como un mal menor. Para este último grupo, cada optimización cuenta, aunque las expectativas deben mantenerse realistas.
Microsoft continúa refinando su sistema operativo más reciente, pero estas mejoras incrementales demuestran que aún queda camino por recorrer. Windows 11 no es el desastre que fue Windows 8, pero tampoco ha alcanzado la madurez y eficiencia que caracterizaba a su predecesor.
Nuestra opinión: Si trabajas regularmente con el sistema bajo carga pesada, activa la precarga sin dudarlo. Pero si tu uso es convencional y la RAM es un recurso limitado en tu equipo, probablemente no notes ninguna diferencia significativa. A veces, las soluciones más simples —como reducir efectos visuales— siguen siendo las más efectivas. ¿Tú qué prefieres: eficiencia inmediata o apostar por optimizaciones futuras?








